Se podía oler en el ambiente, era el aroma a la batalla que se preparaba. Desde ese momento todo contaba. La apariencia que desestabilice al enemigo, la interiorización del ímpetu y la creencia profunda en las ideas que íbamos a defender.
Se trazaba y previsualizaba la táctica a seguir. Nuestro ataque y las posibles respuestas del contrincante, así como la defensa que usaríamos en cada caso.
Seguro de mí mismo, me planté delante del jefe de sección del Corte Inglés. "El reloj está en garantía y no ha recibido golpe ninguno, no pienso pagar la reparación..."
Al final de la batalla, un sólo hombre había detenido el avance de todo una corporación y la victoria caía de nuestro lado. Enchido el orgullo volvía a casa, sabedor del deber cumplido.
Sin malinterpretaciones.
No creo en la violencia.
No creo en la mítica de la guerra
y pienso que todas las batallas
deberían ser dialecticas.
Así, podriamos llamarnos todos,
unos a otros, seres racionales.
(De los que se comen las
raciones de lo bares)