Miguel trabajaba en la mina. Él era uno de los más experimentados mineros por entonces. Aquel día el encargado le dejó al cargo de un novato para que le ayudara en la dificil tarea de colocar los barrenos en la galería, un trabajo que el mismo encargado venía realizando, pero que a la vez le producía pánico.
Dentro de la mina, Miguel sabía bien como realizar su cometido; donde debía colocar los cartuchos, como conectarlos y como desenrollar la mecha. La explosión controlada inundó el túnel de un denso humo, y apresurándose, el novato entró para despejar la zona. Miguel corrió detrás de él. Los largos años vividos allí dentro le hacían ver que algo no marchaba bien. El estruendo no había sonado como él tenía grabado en su cabeza.
-Muchacho, no! Estate quieto ahí, ese cartucho no ha explotado!
Ante la cara de desesperación del chaval, Miguel le explicó como debía hacer para minuciosamente sacar la mecha del barreno y evitar así el peligro.
Finalmente todo fue bien, ese día un minero salvo la vida a otro y aún hoy se lo agradece.
Entre tanto, el encargado aprovechó esa misma tarde para cazar. Era verano y hacía calor. La hierba amarilla crujía bajo los pies.
El campesino que quemaba rastrojos jamás hubiera podido prever el cambio del viento. La montaña de fuego se abrió paso instantáneamente por la ladera.
En el mismo monte, huyendo de su miedo y huyendo de la muerte, el encargado encontró su destino. Un destino que quizás no estaba escrito en ningún sitio, pero que tal vez no le hubiera alcanzado en el túnel de la mina, de la mano de Miguel.