May 01
Hora y media de espera en una acera no demasiado ancha, sin sitio donde poder ni tan siquiera apoyarse un segundo. Cuando llegamos ya había gente haciendo cola, pero por suerte seríamos de los primeros en entrar.
Tanta penuria no se debe a una discoteca de moda, tampoco hablo de un concierto de ninguna "chaquira". Es la desesperación por entrar a un lugar de esos que no deben cambiar nunca para conservar lo que son. Un sitio con solera y con identidad propia. Un bar-marisquería-pub-no se que más, que se llama Pimpi Florida.
Objetivamente es un cuchitril de metro y medio de la barra a la pared y unos diez metros de largo. En una casa que debe ser tan antigua como la misma Málaga. Se llena tanto y el sitio es tan escaso, que de donde te pongas al llegar, no te moverás en toda la noche. Podríamos llamarlo cutre, sí, si no fuera el Pimpi.
Y, sin embargo, cada noche allí ocurre algo mágico. Todo el mundo comparte su espacio, todo el mundo ríe. Se cantan clásicos un tanto horteras y coplas de folclóricas revenidas (algunas de ellas han pasado por allí). Sobre todo, es el sitio con mejor rollo que conozco. Nadie se enfada si le pisas o si te tiene que pasar tu cerveza desde la barra. Nadie te dirá nada si tienes que ir al fondo hasta el servicio estrujándote. Sólo reirán contigo y puede que hasta te hagas alguna foto con gente que no conoces de nada.
Una magia que no sé bien de dónde viene ,que no se compra con luces de neón, y que te hace querer volver una vez más.
Para Gloria, Pimpinera Real.