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日志


4月25日

Ejercicio de catarsis

Es tarde y llego a casa deseando sentirme por fin a gusto. No he podido parar durante todo el día. Me duelen las piernas, las muy malditas se vengan del palizón que les dí esta mañana. Mi espalda me dice muy a las claras que los años pasan y que ella se pone en huelga si tiene que seguir sujetando a todo el cuerpo. Tengo la cabeza embotada despues de pasar toda la tarde recordando mil cosas (sólo soy capaz de hacerlo en el trabajo!). Una catástrofe corporal.

Y, por fin, cojo carrerilla, hago un salto carpado con doble bucle y picado sobre el sofá, respiro hondo, la mirada fija en el vacío y sólo oigo el silencio. Nada, después de todo el día, nada ni nadie. Necesito quejarme, soy un quejica. Así que esto no puede quedar así. Lo leerás esta noche, mañana o cuando sea; pero que alguien se entere de que hoy, definitivamente, ya no puedo más.

 

4月21日

Una llamada.

César me ha llamado después de dos años. Se casa, y de no ser así probablemente el tiempo habría seguido pasando, tanto por su parte como por la mía. Dos años tras los que suena de nuevo un teléfono, uno de los dos dice que se casa y al colgar creemos de nuevo en nuestra amistad.

Pero no es así. Nuestra amistad se resquebrajó hace mucho tiempo, cuando nuestras metas dejaron de ser las mismas, cuando nuestras ciudades dejaron de ser las mismas y cuando ya no hubo por qué llamar.

Supongo que ninguno de los dos somos fáciles para mantener el contacto en la distancia. Esta será una buena segunda oportunidad. Quizás aún quede una buena amistad por rescatar. Y esta vez, al menos, lo intentaré.

4月16日

Sobre la belleza

Escuché el otro día en la radio una historia que no me dejó indiferente. Probablemente la habrás escuchado, pero resumo. Resulta que hace un par de semanas un violinista, no uno cualquiera, sino una eminencia mundial de dicho instrumento, un tal Joshua Bell que lo reconozco, yo tampoco conocía hasta ahora, fue retado por un periodista a tocar su stradivarius en el metro de Washington en hora punta.

El resultado fue increible, nadie se paró a escuchar las impresionantes notas que este hombre hacía sonar en medio de la marea de gente; consiguió unos cuantos dólares que la gente dejó sobre la funda de su millonario Stradivarius y sólo una mujer lo reconoció, ya que había visto su concierto la noche anterior en el Auditorio Nacional, con lleno absoluto y donde la entrada más barata fue de unos 170$.

En el programa de radio se debatió acerca de la belleza, si es bello lo que apreciamos por nosotros mismos como belleza o si es algo que nos impone nuestra cultura y como consecuencia, es un término relativo. Yo mientras tanto me imaginaba a mí mismo pasando al lado de ese tío en el tunel del metro. Pensé cuál hubiera sido mi reacción, si yo hubiera sido capaz de sentir algo en ese momento, una mínima vibración interior ante una nota encontrada en el tunel. Quiero creer que sí, y también que la belleza puede ser una realidad cultural, sí, pero que también puede existir en términos absolutos, aunque sea en menor cantidad. Estoy seguro de que en cualquier situación esa belleza rotunda que en ocasiones se nos pone delante, hagamos lo que hagamos en ese momento, nos detiene, nos hace mirar en su dirección, sentirnos pequeños y muy probablemente sonreir.

Y así, mañana a las 7.30h, cuando vuelva del trabajo  por la carretera siguiendo la linea del mar mientras amanece y todo empieza a brillar, de nuevo pensaré que sí, que no me engaño, que existe la Belleza y que en ese momento está ahí.

4月5日

El Albaicín. Un paseo entre las nubes.

Hace ya un tiempo que venía necesitándolo, pasear, respirar su ambiente y reencontrarme de nuevo con mi ciudad. No con los sitios de siempre cuando sales con los amigos, ni con las aceras grises que vemos todos los días. Me refiero a ese sitio, esa parte de nuestras ciudades, da igual de dónde seamos, que al final pasará a ser patrimonio de los turistas porque, por desgracia, nosotros vamos dejando en el olvido por considerarla típica, tópica o muy machacada. En mi ciudad ese sitio se llama Albaicín y también se podría llamar La Alhambra o Generalife.

Hace dos días que paseé y me perdí durante unas horas por sus calles estrechas, empedradas y empinadas. No necesito mirar las fotos que hice, como un turista más, para recordar la imagen imponente que se despliega al llegar a cualquier mirador. Ni olvido aún la paz que se respira y la luz especial que lo envolvía todo. La tarde era lluviosa. El silencio en algunas calles era casi absoluto, las procesiones atraían a la  gente lejos del Albaicín. Y sí, creo que me reencontré con Granada.

Abajo, en la ciudad, seguía la Semana Santa, me esperaban los amigos, las cañas y las tapitas, otro tipo de disfrute para los sentidos, pero esa, es otra historia.